Me asomo al espejo y, a veces, solo veo el rastro de una ausencia. Hemos aprendido a habitar el mundo escondiéndonos, como si el propio brillo fuera una ofensa para la presencia ajena.
Padecemos de una miopía selectiva: somos capaces de detectar la genialidad ajena, pero nos sentimos incapaces de nombrar la propia sin experimentar una profunda sensación de culpa. Nos dijeron que el elogio propio es una forma de arrogancia y, así, fuimos sepultando nuestras virtudes bajo una falsa modestia.
Pero el espejo no miente; sólo quienes lo observamos lo hacemos. ¿En qué momento el reconocimiento de nuestra propia luz se convirtió en un acto delictivo? Manifestar el valor propio no es un ejercicio de vanidad, sino un acto de justicia. Es dejar de pedir perdón por existir con plenitud.
Este fenómeno no es casual; es el resultado de un juicio social que confunde el autoconocimiento con el ego. Cuando no decimos en voz alta aquello en lo que se tiene un talento extraordinario, no estamos siendo humildes; estamos viviendo bajo el cautiverio de un miedo al juicio social.
Si hoy me miro y me reconozco, no es para opacarte con mi sombra, sino para recordarte que tú también tienes una luz que merece ser nombrada. La verdadera humildad no consiste en esconder nuestros talentos, sino en ponerlos al servicio de nuestra mutua evolución.
Por lo tanto, te invito a responder(te) esta pregunta:
¿Qué me gusta de mi cuerpo, de mis pensamientos, de mis emociones y de mis actos?


Explora todos los rincones y anímate a dejar un comentario