De la serie: Diálogos sobre la existencia, Capítulo IV.
Ana: ¿Por qué, si aparentemente lo tengo todo, siento que algo me falta? Es un vacío que me invade profundamente. Me genera una culpa, una especie de ingratitud por tener bienestar material y, aún así, sentirme incompleta.
Jerome: ¿Qué es eso que crees que te falta? Debemos comprender que el sufrimiento alimenta el ego; lo hace sentir protagonista dramático de una tragedia personal. En esencia, sufrir no tiene una utilidad práctica, pero puede ser un catalizador valioso si lo usamos para indagar en el «arte de vivir».
Vivir plenamente consiste en observar la realidad sin el filtro de la dualidad; es decir, percibir la existencia en su más pura neutralidad. Esto se logra cultivando el desapego, la compasión, el amor y la aceptación. Sentir que «algo falta» es el resultado de seguir cuestionando la realidad externa en en lugar de cuestionar la naturaleza de nuestros pensamientos.
Cuando te sientas atrapada en esa carencia, recuerda las cuatro preguntas del camino hacia la claridad:
¿Es verdad eso que me estoy diciendo?
¿Puedo saber que es verdad con absoluta certeza?
¿Cómo me siento cuando me creo ese pensamiento?
¿Quién sería yo sin ese pensamiento?
Ana: Entiendo, pero hay algo más… ¿Por qué siento esa necesidad de ser validada por otros para sentirme valiosa?
Jerome: Solemos otorgar valor a nuestro entorno basándonos en impulso biológicos: lo que nos genera bienestar y lo que nos genera malestar. En términos simples: «lo que me gusta» y «lo que no me gusta».
Sin embargo, cuando hablamos del valor de tu Ser, surge una pregunta esencial: ¿quién tiene la autoridad y la competencia para asignarte un valor? ¿Es tu deber encajar en las preferencias de los demás? Nuestras interacciones sociales, pueden influir en cómo el mundo nos percibe, pero esa percepción externa no tiene el poder de alterar tu esencia, la forma en que te ves, ni la forma como caminas por siempre que lo hagas desde la compasión y la autoaceptación.
Para comprender este malestar, observemos tres raíces que suelen afectar nuestras relaciones:
La inseguridad: Surge de una autoestima frágil que depende de la aprobación externa para sostenerse.
El deseo de reconocimiento: Una manifestación del ego que busca ser el centro, alimentando la falsa ilusión de un «yo» separado y superior.
El miedo al tiempo: Una interpretación estática de la vida. Tememos a la inacción o a que las cosas no cambien según nuestros deseos (o que cambien sin nuestro permiso).
¿Ves cómo la insatisfacción nace de querer controlar lo incontrolable?
Para transformar esto, podemos transitar el camino inverso hacia la liberación, pensando en las formas de pensar y hacer cosas diferentes para tener resultados diferentes:
Caminar con seguridad: Desarrollar un amor propio que reconozca la belleza intrínseca de tu ser, sin necesidad de espejos ajenos.
Vivir con compasión o neutralizar el ego: Comprender que no somos el centro del universo. Al practicar la compasión, desplazamos el foco de nuestra importancia personal hacia el bienestar del todo, disolviendo así la falsa ilusión del «yo» aislado.
Abrazar la impermanencia: Aceptar que todo fluye y nada permanece. No podemos cambiar el tiempo, pero sí podemos decidir qué hacer con él: actuar con amor por la felicidad de todos los seres, incluyéndote a ti misma.
Para lograr esto, el primer paso es aquietar la mente. Necesitamos observar la realidad con Paciencia. Si analizas la palabra, tener Paciencia es, en esencia, «estar en paz».
Estar en paz significa soltar lo que no puedes controlar, abrazar lo que llega, agradecer lo que se va y aceptar la realidad tal como es, sin etiquetas de «bueno» o «malo». Es aclarar la mente cuestionando cada juicio que emitimos.
La vida es mucho más simple de lo que nos enseñaron. Te invito a practicar estos cuatro ejercicios de presencia; te aseguro que nos permitirá transformar nuestra mirada de la realidad y las personas:
Respiro: Regreso al presente a través del aire.
Escucho y observo: Sin juzgar, solo atestiguando lo que sucede.
Disfruto y me amo: Reconociendo mi valor sin condiciones.
Creo un mundo de amor: Actuando desde la compasión genuina.
Nota: Gran parte de estas reflexiones son notas y pensamientos inspirados en enseñanzas del maestro budista Khenpo Tsering y del conferencista Borja Vilaseca.


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