Imagina este movimiento. Todo aquello que sientas se elevará a tal punto que tu realidad se convertirá en un sueño del que no querrás despertar.
Cada gota de sudor extasiado se abre paso entre los relieves de la piel. Las diáfanas esferas se deslizan desde la base de tu rostro; y una de ellas emprende un viaje interminable por tu cuello. Se detiene un instante. Sientes el frío repentino, te mueves levemente a la izquierda y la gota se precipita con velocidad, cruzando tu pecho. La lengua que te explora no la deja escapar y recorre el camino de su huella. Se demora en tus pezones con un leve mordisco húmedo, y mientras tu cuerpo se estremece, agarras las mojadas sábanas y muerdes tus labios en deseo.
Una mano ciñe tu cintura. La punta de los dedos recorre tu superficie húmeda, trazando el interminable mapa del deseo.
Hay una gota junto a tu ombligo. Tu respiración es agitada. Tus manos en su espalda se aferran con fuerza, impidiendo cualquier huida. Con su lengua, tu amante sigue el rastro de una nueva gota que desciende hacia el destino donde tu cuerpo anhela ser explorado.
En tu raíz reposa. Sus labios y su lengua, en un canon perfecto, te absorben con tal intensidad que un grito retumba en el universo. Las nubes se detienen ante ese aliento feroz; las estrellas, antes fugaces, parecen estacionarse solo para brillar con mayor intensidad.
Transcurre el tiempo. El rastro de las gotas se desvanece, persistiendo la memoria del tacto que siguió su rastro. Los cuerpos yacen allí, entregados a la calma, aguardando en silencio para crear un nuevo mapa de placer.


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