Existen instantes en los que te sientes como la última persona que merece el calor de sus abrazos. Sin embargo, cada palabra manifestada por la persona que acompañas, cada destello de alegría y cada acto sincero que expone, te devuelven a su encuentro; especialmente en esos momentos donde tus logros son motivo de felicidad, o en aquellos instantes donde te pierdes en la angustia y anhelas el calor de su compañía.
En esos trances y alegrías solo deseas sus brazos -para abrazos que no juzguen-, y el silencio que dé tregua a los pensamientos eufóricos, vagos e indescifrables. Llegas a pensar que tu cuerpo ya no te pertenece, pues se resguarda en su amor, en su eterno respeto, en la calidez de su sinceridad y en la magia de su tranquilidad.
No puedes hacer más que agradecer cada instante de su aceptación a tu «loca» presencia. Y ante los sutiles desencuentros, guardas la esperanza que no se conviertan en norma tales acciones, pues comprendes que son solo engaños de emociones confusas. Ante la consciencia de tales confusiones, terminan manifestándose siempre los hechos de benevolencia y contrición entre ambos.
Sabes que tanto esa persona, como tú, son un amor consciente que comparte soledades; son la causa de esa alegría que permite sonreír cada noche, cuando las locuras pasan a formar parte de su unidad.
Quizás un «te amo» no suene tan hermoso como un beso en la frente, pero cuando te atreves a decirlo con total sentido, manifiestas el agradecimiento profundo por su presencia, por su ausencia y por su aceptación a tu existencia.


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