La vida de un viajero curioso es siempre incierta. En el transcurso de su recorrido, se encontró con una presencia que detuvo su viaje: una mujer que cubría su esbelta silueta con prendas sueltas y vibrantes cual gitana, que contrastaban con su mirada tímida, de ojos marrón, enormes y brillantes. Tenía un magnetismo melancólico que lo atrapó de inmediato. Sin oponer resistencia, el viajero alteró su rumbo para seguir su rastro.
Mientras caminaba tras ella, la mente se le llena de conjeturas sobre las formas del amor. Se detiene en dos figuras que lo asaltan con fuerza: el amor de la atracción y el amor de la entrega. Son dimensiones que suelen transitar rutas distintas; a veces se cruzan sólo para afianzar ese hechizo que el amor, con sutiles artificios, impone sobre la razón y el sentimiento. Sin embargo, concluye con una certeza: no existe entrega sin la chispa de la atracción, aunque pueda existir la atracción sin que jamás llegue el momento de la entrega. Si lo que fluye por sus venas y lo que late en su figura es la dualidad entre la entrega y la atracción; si a esto se suma el eco de aquellas pasiones desenfrenadas que aún habitan en su memoria, el viajero no puede más que interrogarse: ¿Cómo narrar una nueva historia donde sus antiguas andanzas no empañen el presente? Teme que el regreso de esos sentimientos melancólicos terminen por herir lo más sagrado de su soledad: ese amor perdurable y la amistad profunda que ahora cree reconocer en la figura de una mujer, que parece unir la atracción sincera con la lucidez de una razón inquietante.
Al alcanzarla, el viajero confirmó la esencia artística de aquel encuentro fortuito. Ella es también una bailarina que danza a cada noche alrededor del fuego en la plaza del pueblo; la misma voz que, horas antes, había hechizado a la multitud en la casona. Cautivado, él era incapaz de apartar la vista de ese movimiento hipnótico; la mirada de la artista, frágil y tierna, funcionaba como una invitación silenciosa a acercarse sin miedos. Sus ojos se cruzaron una y otra vez. El errante no tuvo más remedio que rendirse ante la levedad que le generaba el brillo de la mujer: eran miradas como tímidas caricias de un cometa que roza la tierra.
Eran encuentros sutiles, miradas menguadas, cargadas de palabras no dichas y confesiones contenidas, por el temor de lo desconocido, pero vibrantes de desenfreno. En ese instante, el mundo dejaba de interponerse entre sus manantiales cristalinos. Parecía que ya se conocían; como si la razón de él, fuera la historia del mundo para ella, y los sentimientos de ella, la única razón del viajero en tan fascinante momento. Ella lo miraba con deseo e imaginativa pasión; él, perdido en ese marrón de sus ojos, podía contemplar la profundidad de tal atracción y sentir.
Mientras ella bailaba, el viajero era incapaz de apartar sus ojos de su figura radiante; parecía que era ella quien prestaba su resplandor al fuego, como si su presencia fuera la verdadera fuente de luz en la plaza. De pronto, una fiereza contenida asaltaba al hombre cuando los cuerpos de los demás danzantes se interponían en su contemplación, robándole por instantes la visión de su musa. Sin embargo, la radiante mirada de la artista lograba traspasar cualquier obstáculo físico; ella no retiraba la vista de su viajero, manteniendo un hilo invisible que los unía. Era como si, a través de ese contacto, ella buscaba algo más profundo que un destello momentáneo o la sombra de una esquiva caricia; como si sus ojos reclamaran una verdad más allá de las miradas encantadas.
La mujer, de pronto, dejó de danzar y se aproximó al viajero. En ella habitaba una libertad manifiesta. El hombre decidió entonces retomar, aunque fuera por un instante, sus andanzas por aquel camino seductor – y a veces amargo- de las miradas fijas. Lo hizo con la convicción de su propia razón: No seguía a cualquier presencia que se cruzara en su ruta, su interés se centraba en seguir a una mujer cuya inteligencia de pensamiento y hondura de sentimiento, estuviera a la par de su propia y compleja soledad. Si no fuera así, preferiría permanecer en el sentido amor de su presente.
La artista parecía ser, en efecto, lo que él anhelaba. Tras aceptar su invitación y brindar por el encuentro con una copa de vino, el viajero supo que no se había equivocado. Decidió seguir adelante entregado a la contemplación de su figura y comenzando a trazar el camino hacia el encuentro de sus labios, mientras guardaba en la memoria la belleza esquiva de aquella mujer.
La noche yace y los ojos del viajero permanecen en contemplación sobre la figura de la artista. Aunque la agenda de su viaje ya reclama su partida, él no está dispuesto a dejar pasar la oportunidad. Al despedirse, con la ilusión encendida, se confiesa:
–Nuestras voces, entre el placer y el asombro, se convierten en la música que ambos componemos. Nuestro camino es el mensaje que nos conduce hacia un lugar de mutua construcción. Y, sí así lo aceptas, una vez nos acojamos en nuestros brazos, seremos el centro de nuestras caricias; de besos tan tranquilos como apasionados.
Ella lo escucha en un silencio expectante. El viajero concluye:
–Sólo espero tu respuesta. El tiempo aguardará hasta que tu lo decidas. Desde hoy, los días serán únicamente el trayecto donde la ansiedad me dotará de virtud. El día en que nuestros ojos vuelvan a encontrarse será, para sorpresa de muchos, una inverosímil realidad; un encantamiento que ignoro si será efímero o perenne. Lo que sí sabemos es que el silencio nos permitirá hallar los rastros de la certeza que la ansiedad ahora nos oculta. Por ahora, nuestras soledades seguirán su marcha, nuestros cuerpos habitando el deseo y nuestras mentes viajando en la imaginación simultánea de nuestras figuras, como fe de nuestra propia existencia.
La artista dio medio paso atrás y, sin pronunciar palabra, dio la vuelta para perderse entre las cenizas del fuego que comenzaba a marchitarse.
El viajero, al volver a su pequeña morada para continuar con su recorrido por los caminos del mundo, asumió lo inevitable. Se acomodó frente a un escritorio y, rindiéndose como un fiel esclavo a la sombra del recuerdo, tomó su diario. Con trazo firme y tinta indeleble, comenzó a escribir:
Cuanto más se niega una mirada, mayor es su atracción sobre la frágil sensibilidad; un magnetismo que se intensifica cuando la figura que sostiene ese encuentro ya habita en el profundo recuerdo. El acto de retirar la vista, puede nacer de dos sensaciones: una timidez extrema o una vergüenza curiosa. Sin embargo, también podría ser el reflejo de una absoluta indiferencia o, por el contrario, de una atracción sincera. Pero, ¿Qué origina esa indescifrable vergüenza? Quizás el arrepentimiento por algún acto; más, ¿de qué arrepentirse? ¿Por qué la vergüenza habría de ser la consecuencia de un leve abatimiento, si ese bello momento fue fruto de una sensibilidad penetrante, rendida ante el innegable deseo?
¡Oh! Cómo quisiera comprimir la vida en una sola mirada. Cómo quisiera creer que la timidez reflejada en sus ojos, es solo el rastro de una frágil sensibilidad, pues su radiante figura y brillante mirada, ilumina mi oscura memoria. Cuánto anhelo que aquella mirada – fugaz, acaso eterna- guarde mi indigna presencia en su valiosa evocación; pues mientras permanezca allí, estaré con vida. Y eso será suficiente.
¿Cómo narrar una historia de los encuentros repentinos de un viaje, incluso de aquellos que pretenden refugiarse del delirio de la humanidad?


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