¡Que sea tu sonrisa la que salude esta mañana, y sean tus ojos los que alimenten el encanto que siento por tu belleza!

¿De qué otra forma puedo manifestar lo que mis sentidos reclaman? ¿Cómo no confesarle a tu belleza que anhelaba verla esta mañana? No encuentro palabras ante el milagro de tu sonrisa, ante el evento de tu presencia, o el eco de tu voz. ¿Qué decir ante lo que siento, embriagado por el aroma de tu figura?

Que sea tu pensamiento, el que motive ahora a este hombre que te escribe. Y sin embargo, ante el deleite de tu presencia y el embrujo de sentirte cerca, ante el deseo de cruzarme con tu mirada y buscar el refugio de tus abrazos de saludo… ¿Qué hacer ante la distancia? ¿Cómo actuar ante aquello que, por circunstancias de la vida, nos obliga a renunciar a nuestros deseos, para permanecer fieles a la tradición y a los principios que nos rigen?

Respóndeme, por favor; deja que sea el universo quien nos guíe hacia la mejor respuesta. Pero dime… ¿es mutuo el deseo? Y si la conclusión fuera que este anhelo es correspondido, ¿Qué podríamos hacer? ¿Cuáles son, realmente, las circunstancias que nos acercan o aquellas que nos alejan?

Nos acercan los sentidos, nos unen las palabras… ¿Qué podría entonces alejarnos? A veces rechazo el tiempo que permite encontrarnos, ese juez inmutable que me obliga a luchar contra mis propias sensaciones, las cuales me empujan, al mismo tiempo, hacia la agotadora distancia y hacia la esquiva cercanía.



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