De estos labios no habrás de escapar;
tus manos serán las cadenas de pasión que apresen mi cuerpo.
Tu aliento será el único aire que respire.
Nuestra voz tejida en gemidos y placer,
será la música que deleite los pasillos del mundo.
Sobre mi corcel, fiel escudero de mis rutas,
conduciré a la mujer de bellos ojos hasta mi lecho.
Una vez en mis brazos, será cautiva de caricias tenues,
y de besos tan pausados como fervientes.
Cuerpo desnudo yace aun en vigilia…
Este caballero, errante por los senderos del mundo,
que anhela abandonar su pequeña morada
para conquistar los confines de la vida,
acepta la crudeza de la realidad como lo inevitable.
Aguardará unas horas para su encuentro,
cuando el corazón palpite con más intensidad,
cuál colibrí que halla, al fin, su flor predilecta.
La ansiedad vestirá de virtud el cuerpo,
y el encantamiento reflejará la luz del sol de la tarde.
Sin embargo, la limitada razón cuestiona cada gesto
ante el llamado inminente del deber caballeresco,
dudando ante el posible error de cada paso,
y asumiendo el peso inevitable de las consecuencias.
¿Acaso la equivocación no es la senda más noble del aprendizaje?
¿Qué son las consecuencias sino apuntes al margen de una vida inconclusa;
lecciones de un saber que apenas se vislumbra?
Los días pasan despojados de fealdad y belleza,
transcurren sin rastro como sombras que olvidan hacerse notar.
El ocio sagrado nos permitirá descubrir
los rastros que el deseo ansioso suele ocultarnos.
Nuestras soledades seguirán su marcha,
mientras nuestros cuerpos mantienen su deseo.
Y nuestras mentes, pobladas con la figura del otro,
se recrean en esa imaginación simultánea
que nos hace creer en la mutua existencia.
Hasta que el sol de la tarde nos encuentre.
Cabalgando sobre unicornios que emergen del confín de la tierra,
huyendo, al fin, de la velada existencia.


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