Jerónimo se divertía atravesando el pasamanos y el domo de escalada en el parque cerca a su casa. Le gustaba ir a cualquier momento del día, aunque podía ir solamente después de llegar del colegio. En ocasiones no había nadie quien lo acompañara. Era un niño de 7 años y no le permitían ir solo.
Tenía especial fuerza en las manos y se subía con tal seguridad y atención que no se preocupaba por alguna caída. Un día, observó cómo unas niñas gritaban, entre carcajadas, en los columpios. Jerónimo se acercó con su prima que lo custodiaba.
A bordo del columpio, Jerónimo sentía que era él quien empujaba al viento, desafiando al aire que antes lo movía a su antojo. Aquella fuerza interior que lo impulsaba a enfrentarse a la fuerte brisa, se mezclaba con un vacío electrizante; un cosquilleo que nacía en la base de su espalda y trepaba como una corriente hasta la coronilla.
De pronto deseó tocar las nubes y le pidió a su prima que lo impulsara con todas sus fuerzas. Confiado en la firmeza de sus manos, se aferró a las barras de hierro sintiéndose invencible. Fue tal el impulso que, en un instante, el columpio se desprendió de sus cadenas. Lejos de asustarse, Jerónimo se sintió cada vez más cerca del cielo que nunca. Cerró los ojos para sentir el roce de las nubes con su rostro y, mientras flotaba en medio del aire blanco y espeso, con las manos aún fijas en el hierro del columpio volador, soltó una carcajada y gritó:
— ¡Mírame, prima! ¡Estoy volando! -.
Al abrir los ojos sobre la hierba, Jerónimo soltó un grito por el punzante dolor en su brazo. Su prima lo llevó a toda prisa al centro de salud más cercano. Tras ser atendido, salió con el brazo protegido por una escayola blanca, pesada y tosca sostenida por un cabestrillo que colgaba de su cuello. Mientras abandonaba el lugar, secándose la nariz con su mano sana, contemplaba entre lágrimas una carita feliz dibujada sobre la superficie de su nuevo y rígido yeso. Entonces, una chispa volvió a sus ojos y sonrió de repente: el dolor ya no importaba, pues aún guardaba en su memoria el instante exacto en que había vencido al viento.


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