De la serie: Diario del Silencio

Capítulo VI

¿Sabes respetar el silencio?

Pareciera difícil, en ocasiones, respetar el silencio del otro, cuando lo único que deseas es poder expresar cada una de tus emociones, tus pensamientos, tus historias y transformaciones. Y ante la distancia, podrías pensar que eres tu la causa de su decisión por alejarse, y lamentas no poder escuchar sus palabras, no poder ver sus ojos para comprender lo que pasa por su cuerpo; y lamentas su decisión de callar, sin aún tener una oportunidad de escucharle o verle, por lo menos para que te digan: ”no quiero saber nada de ti”, y, con ello, sea suficiente para tomar conciencia del alejamiento y así poder apartarte. 

Deseas escuchar su voz, mirarle a sus ojos y observar la voz de su corazón, la voz amorosa de su mirada, esa voz infinita de sus abrazos. Porque, al final, entre más crecemos y pasa el tiempo, pareciera que la conciencia de la sinceridad se fortalece; y los actos, los sentimientos y razonamientos sinceros fueran expresión de tu vida en libertad. 

Y es ello lo que deseas manifestar, esta silenciosa libertad que hoy puedes expresar y gritar, que invitas sin reserva a vivirla, y es la que permite expresar tu sentir ante el ser amado sin temor y con total felicidad; aun cuando haya sido corto tu encuentro. Porque, a pesar del limitado tiempo, es tan fuerte el compartir y la energía al estar juntos, que no puedes dejar de lado tal confesión. 

En todo caso, no se puede estar donde no se es recibido, y así, bajo tal conciencia, ante este ruido del silencio, quieres liberarte, manifestando toda sensación que llena tu cuerpo, tu razón y tu sentimiento. 

Pensarás que navegas en la locura, que por ello el ser amado decide alejarse. Pero estarás seguro que en tu locura, eres un ser único y que agradeces eternamente su existencia. 

Con esta liberación de tus pensamientos, sabes que también te sienten, que también te piensan y que no llegas inmediatamente al campo del olvido, a pesar que la racionalidad de las mentes pueda suponer otras realidades. Al final, todo lo que somos, a partir de un efímero o largo encuentro, quedará por siempre resguardado en el mutuo recuerdo. Y será suficiente.



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