Una reflexión sobre el silencio, la libertad y la conexión humana.
De la serie: Diario del Silencio.
Capítulo IV.
Nos enfrentamos, en ocasiones, a la compleja tarea de respetar el silencio ajeno cuando lo que más deseamos es expresar la infinidad de sensaciones, pensamientos e historias que nos transforman; y aún más cuando se presentan discusiones sin sentido o faltas de consenso. En toda relación humana, surgen constantemente los malentendidos: lamentamos haber causado abatimiento en la conciencia del otro, o no poseer aquel sentido que nos permita descifrar sus razonamientos y sentimientos más profundos, cuando el mensaje y el sentido de lo expuesto y lo vivido no genera algún tipo de mutuo entendimiento.
La necesidad de la palabra
¿No resulta doloroso, en contadas ocasiones, cuando el silencio se impone sin conceder la oportunidad del diálogo? Es como si buscáramos sanación y refugio de una palabra clara, incluso si esa palabra expresa un alejamiento definitivo. Necesitamos escuchar la voz de esa persona, tanto la de su corazón, como la de su mirada, porque entendemos que, con el paso del tiempo, la sinceridad se manifiesta en el encuentro y la proximidad, más que en el ostracismo y la indiferencia. El paso del tiempo nos enseña que la sinceridad de los actos y los sentimientos no son más que la expresión de una vida vivida en libertad.
La libertad compartida
Es precisamente este tipo de libertad la que hoy queremos reivindicar. Una libertad que, aunque a veces pareciera escurridiza, nos lleva a expresarnos sin temor. Aceptamos que ante algunos de los encuentros que marcan eternamente nuestra existencia, sean breves o recorran años de convivencia, la intensidad de la energía compartida y la fuerza de lo vivido nos invita a ser honestos con lo que sentimos. No podemos ignorar la huella que deja una conexión profunda, por efímera que parezca.
Al final, comprendemos que no se debe habitar donde no se es recibido. Bajo esa premisa, ante el ruido del silencio, elegimos liberarnos de las sensaciones que desbordan el alma.
El legado del tiempo
Podría parecer una locura insistir en la gratitud cuando separa la distancia, pero existe una certeza innegable: hay encuentros únicos que trascienden toda razón. Aunque nuestras mentes racionales intenten imponer su orden, sabemos lo que hemos sentido, expresado y construido, y la conciencia de estos aprendizajes nos permite cuestionar todo aquello que fuimos y que dejamos ser, aceptando que todos los instantes compartidos quedan resguardados en lo más profundo de la memoria.
¿Cuáles aprendizajes deseas cuestionar para no repetir y cuáles para afianzar?


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