De la serie: Diario del Silencio.

Capítulo II.

Nos podemos preguntar a cada instante en que sentimos algo profundo, si son todos los discursos del amor en la literatura, la ciencia y la filosofía los que nos dan la idea, y nos permiten describir, las infinitas sensaciones que invaden el cuerpo en nuestras experiencias de afecto. 

Y son todos aquellos discursos los que, de alguna manera, nos permiten entender aquella acepción del Amor desde un sentido poético, al interpretar el prefijo griego “A” como la negación del sustantivo que precede, y la raíz latina “mor”, de morsmortis, esto es, de la muerte: “A-mors”.

Amor se interpretaría entonces, desde el discurso poético, como un “No Morir”, en tanto eternidad y persistencia de la vida a través del afecto, que explica nuestro deseo de permanecer en esta existencia, para experimentar, desde el más básico deseo de conocimiento, hasta el deseo más profundo de querer compartir el amor con otra vida. Al final amar es vivir. Y querer compartir la vida con otra persona, es querer doblemente amar. 

En todo caso, luego de estos pensamientos inacabados sobre la vida como expresión sensible del Amor, pareciera que el amor se manifiesta como libélulas y mariposas que invaden el vientre; y como neurotransmisores que conectan todos los sistemas internos y embriagan el cuerpo; y como conceptos, razonamientos y conexiones de la experiencia y de la fe; y, entendida la conclusión, como las expresiones de aquellas tres experiencias del conocimiento: la literatura, la ciencia y la filosofía, las que nos llevan, en su conjunto, a decir a alguien: 

“Te Amo. Porque te siento más de lo que puedas imaginar.” 

Y, sin embargo, con todo, un “Te Amo”, parece no ser suficiente…

¿De qué otra manera podemos expresar lo que sentimos sin desgastar el discurso del “Te Amo” en una frase que ya, de por sí, pareciera desgastada?



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