Cuántas veces intentamos disculparnos ante quien hemos faltado, y aun así, todas las palabras parecen insuficientes para dignificar una disculpa verdadera. Hoy, más que nunca, siento que dar y recibir excusas se ha vuelto complejo; es como si el engaño nos envolviera cada día.
Al ser humano le es muy fácil comunicar el lenguaje más claro y puro, pero muchos prefieren no verlo: y por lo tanto se remiten al doloroso hábito del engaño. Lo curioso es que, pese a que muchas acciones giran en torno a él, seguimos buscando —quizá sin rumbo— un poco de sinceridad. A veces pienso que el engaño guía nuestros pasos más de lo que imaginamos, y sin embargo, existen momentos en que la sinceridad es reflejo de nuestras acciones.
La ausencia en ocasiones no se refiere a falta de ánimo o compromiso, mucho menos ante eventos que nos invitan a apreciar algunas muestras de belleza humana —pues de la humanidad valoro sobre todo sus creaciones, y mucho más aquellas expresadas en el arte—; sino que, muchas veces, es la inercia de este mundo incansable, lleno de rutinas y responsabilidades, lo que no permite, en muchas ocasiones, a detenernos ante las maravillas del día ni de la noche.
Quizá el punto no está en erradicar por completo la sombra del engaño —pues es una parte, aunque dolorosa, de la experiencia humana—, sino aprender de su complejidad, reconociendo los momentos en que elegimos la verdad, ya sea con una disculpa sincera o con la simple dedicación a aquello que valoramos.
La inercia del día a día nos arrastra y a menudo nos priva de las pausas necesarias, pero es precisamente en esos pequeños instantes de conciencia donde reside la verdad en contra del engaño. Al final, a pesar de las rutinas y las falsedades que nos rodean, es la sinceridad en nuestras acciones y en nuestra capacidad de asombro, lo que nos recuerda el valor genuino de la conexión humana: cuando creamos los espacios de quietud, libres de la prisa y de obligación, que nos permite comunicarnos con la claridad que deseamos, y darnos cuenta de que la mayor sinceridad reside en nuestra capacidad de apreciar la belleza que se esconde detrás de la cotidianidad.
Esta es mi apología a la ausencia.


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