El poder otorgado al tiempo lleva a que en la pequeña presencia en el universo, no podamos hacer más sino desear aquello que se piensa y soñar en lo que pueda ser realidad.
Somos sujetos del espacio físico que nos aleja, somos soñadores incansables del descubrimiento de nuevos mundos y experiencias.
La presencia del otro, aún en ausencia en muchos momentos, se torna entonces en inevitable ensoñación, profusa de innegable deseo, por compartir aquello que los abrazos desean otorgar, las palabras apreciar y los besos, los deseosos besos, lleven a contemplar.
¿Cómo hacer para que la distancia sea tan solo una ilusión en los instantes de liviandad para que, como el aire, pueda a los rostros unir? ¿Acaso el deseo de apreciar la compañía puede ser ese aire que se respira en ese instante para recordar y sentir -como extrañamente se hace en inusitados momentos-, y que lleva a escribir tan taciturnas líneas?
Los abrazos esperan y el cuerpo aguarda al próximo encuentro.


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