En contadas ocasiones nuestros prejuicios se apoderan de nuestros comportamientos, no permitiéndonos escuchar la realidad y alejándonos de nuestro presente, viviendo en un mundo construido por la imaginación.
En otros momentos nuestra tranquilidad nos permite observar las situaciones con mayor claridad y solventar de la mejor forma las problemáticas o los malos entendidos que puedan surgir.
¿Acaso no es deber nuestro, en el día a día, tomar conciencia tanto de aquello que malentendemos con el fin corregir y de aquello que somos conscientes y llegar a fortalecer?
Somos dueños de nuestra vida, de nuestra historia, de nuestras expectativas y nuestras decisiones. Y decidir se convierte quizás en la principal acción de la toma de conciencia de la existencia: esta realidad física que nos alegra o nos entristece, que nos agobia o nos tranquiliza, que nos divierte o nos enfurece.
La decisión de estar o no estar, de amar o no amar, de tener o no tener, se refiere no solamente a la emoción que nos acapara en un momento dado, sino también a la forma pensar: tanto la manera de actuar propia como la actuación de la persona con la que se comparte. Y las emociones entran también en juego en el proceso de la conciencia.
Permitirnos estar en la dicotomía permanente de estas emociones, es ser conscientes de nuestra existencia en esta azarosa vida, es tomar plena responsabilidad de lo que eres, sientes y piensas, y presentarte ante el otro en tu fortaleza y vulnerabilidad, en tus acciones y omisiones, en tus virtudes y tus vicios en tus decisiones y tus dudas.
Sin embargo, ¿cómo hacer entender que estas disparidades son con las que convivimos? ¿Cómo alejarnos de los miedos para estar en un ambiente de absoluta tranquilidad?
¿Cómo permitir dar rienda suelta a nuestros deseos, pasiones, sentimientos, pensamientos, sin temores ni miramientos, sin prejuicios y con plena libertad de lo que somos y sentimos?


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