Los semáforos en rojo iluminan la calle, difuminándose con el amarillo reflejado de los postes, iluminando intermitentes el suelo húmedo de la vía que conduce al norte de la ciudad, en leve inclinación por la base de la montaña. El sonido de las llantas sobre el suelo salpicado se confunde con el ruido del motor de los carros. En el quinto piso del edificio que da hacia la montaña, Gio no deja de observar los colores brillantes de la ciudad, cuyo centelleo es el efecto perfecto para el sonido de las gotas aplastándose sobre el suelo, y marcando su recorrido prismático sobre las ventanas, diversificando los colores que se difuminan en la pintura del noctámbulo artista.
Miradas entre las sombras se reflejan en la ventana inesperadamente. Sintiéndose observado, Gio desvía sus ojos del encantamiento de la noche, para concentrarse en esos ojos que se reflejan en la ventana de su paisaje. Se detiene un instante. Su respiración, antes en alivio, se altera momentáneamente en coro al ritmo intranquilo de su corazón. Del sonido de la noche, faltaba tan maravillosa percusión: El pum-pum irregular surgido de su pecho, el reflejo de los oscuros ojos en la ventana, la lucidez rojiza de los semáforos intermitentes y disfuncionales de la noche, la ausencia momentánea de la fricción de las llantas, y el silencio inusual de la sala, se torna en la viva expresión de la obra de arte por él vislumbrada. ¿Qué se podría esperar de esa mirada reflejada en la ventana, si su taciturna presencia era apenas evidente en la creación de su pintura bosquejada?
– ¡Aguarda! -dijo, como si alguien lo escuchara- No puedo desesperarme ante la inesperada imagen. La ciudad, de transeúntes diurnos, ese no-lugar cuya identidad inexistente de los pasos de los caminantes de la calle; en la noche se transforma en instantes de relativa calma, cuya identidad se torna más o menos común tras las ventanas que protegen la vida privada. Pero ¿qué tan privada es la vida en la noche, si unos oscuros ojos pueden observarme mientras aprecio el encantamiento nocturno? – Una vez reflexionado en voz alta, Gio no se voltea. Las luces, el ruido, los sonidos, la lluvia, los ojos, el latido irregular permanecen en su paisaje. La pintura perfecta.
La guitarra sobre el suelo, a unos pasos de su escritorio, vibra inesperadamente. El eco de las gotas, ahora son acompañadas con la extraña vibración de la guitarra. Gio voltea su cuerpo al sonido de instrumento musical. Las cuerdas inmóviles. Sombra nocturna al fondo de su apartamento. Tensiones corporales en el filo de su piel. Respiración agitada. No puede detenerse, el paisaje es perfecto. La noche no aguarda al pavor momentáneo de sentirse invadido en su espacio y cuenta con tan solo un breve momento para acariciar las cuerdas de su caja curvilínea. El sonido de una ambulancia se acerca y el efecto en crescendo se une con el encantador ruido de las llantas en el suelo salpicado, y conforman ahora el concierto armonizado con movimientos improvisados de su guitarra que toca en la sombra de sus ojos cerrados, sintiendo con el resto de su cuerpo los sonidos nocturnos. Aún trémulo, enfrentando el miedo, sintiéndose observado, sus manos no se detienen en la armonía improvisada de la noche.
Sus manos intranquilas abandonan la caricia de las cuerdas. Abre sus ojos, y al levantar la mirada para apreciar su arte, observa nuevamente tras la aparente privacidad de su ventana, el paisaje de los semáforos en rojo que se reflejan intermitentes en el suelo húmedo, la luz amarilla de los postes adornados con enredados cables, y sonríe a los ojos que lo observan en su creativa noche.


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